—No hablemos más de eso. Negocio concluído. En principio convenimos ambos, la Srta. D.ª Julia Rivera, por una parte, y D. Alfonso Saavedra, por otra, en que queremos casarnos. Ahora: medios para llevar á cabo nuestro proyecto. Yo he cumplido ya los veinticinco años (si no lo sabías, ahora lo sabes) (Julia se ríe). Por consiguiente, la ley me autoriza para casarme cuando se me antoje, sin permiso de mi madre. No obstante, este permiso es para mí indispensable, primero, por el cariño frenético que me profesa, por el deber en que estoy de no contrariarla ó causarla disgustos que la pobre no merece; segundo, por una consideración egoísta que es también muy atendible. Yo he sido un pillo, Julita, un pródigo que se ha gastado en pocos años la fortuna heredada de su padre. El resultado de esto es que hoy me encuentro á merced de mi madre, la cual, en honor de la verdad, no ha sido hasta ahora tacaña conmigo. Pero como tú comprenderás, no sé lo que sucedería si me casase contra su gusto. Ahora bien, lo confieso con vergüenza, yo no estoy acostumbrado á trabajar, ni aunque fuese tal mi deseo, sabría en qué ocuparme. Necesitamos, pues, contar con mamá para casarnos. Mañana mismo la escribiré, y si, como presumo, no se opone á nuestra boda, podemos desde luego señalar la época para ella.
¡Qué noche de insomnio aquélla para Julita! Y sin embargo, ¡qué noche tan feliz!
D. Alfonso daba por seguro su matrimonio, y hablaba de él como si ya estuviera hecho. Las conversaciones que sostuvieron en los cuatro días trascurridos entre la carta y la contestación, versaron casi todas acerca de los preparativos necesarios para la boda, lo que harían después de unidos, etc. Se esperaba con impaciencia la bendición de la mamá de Sevilla. En cuanto á la brigadiera, como D. Alfonso era su ojo derecho, no se había pensado en ella siquiera. Por consejo de aquél, Julita no le había dicho una palabra todavía.
Llegó al fin la carta. ¡Nunca hubiese llegado! Saavedra entró en casa de su tía con el semblante pálido y ojeroso y una mortal tristeza pintada en él. Para este efecto teatral había pasado una noche de crápula previamente. Julia también se puso demudada al verle, pues en seguida entendió lo que pasaba. Cuando se hubieron sentado junto al piano, sitio donde mantenían casi todas sus conversaciones secretas, exclamó el caballero con acento dolorido, metiendo el rostro entre las manos:
—¡Qué desgraciado soy, Julia!
Ésta calló unos instantes, y después dijo:
—Tu madre no quiere que nos casemos, ¿verdad?
D. Alfonso no respondió.
Reinó silencio por largo rato. Julita lo rompió al fin con voz temblorosa.
—No te aflijas así, Alfonso. En vez de darme ánimos me los quitas.