—Tienes razón, hermosa mía: hasta en esto soy un egoísta. Debiera considerar que además del dolor que sentirás como yo, si me quieres, á ti se te hace una ofensa...
—No, no—se apresuró á decir la joven,—no siento la ofensa. Mi sentimiento es únicamente por no ser tuya.
Saavedra le dirigió una mirada de amor fascinadora y la apretó fuertemente la mano.
—Mamá no habla mal de ti. Si algo dijera que pudiera ofenderte, ya sabría yo contestar... Mejor será que tú misma leas su carta—dijo sacándola del bolsillo.
Esta carta escrita por el mismo Saavedra imitando la letra de su madre y remitida á un amigo de Sevilla, para que de allí se la mandase, era un documento notable por su malicia. No se mentaba á Julita en ella. La mamá se lamentaba vivamente «porque había soñado para su hijo un partido brillante; bien sabía él cual era. Que ésta había sido la ilusión de toda su vida; que había soltado la palabra y todos los parientes estaban ya en ello: en fin, que estando muy vieja y achacosa, aquel disgusto la causaría seguramente la muerte.»
El efecto que esta carta produjo en la joven fué el que tenía calculado su autor. En vez de templar el fuego, lo hizo crecer notablemente. Los celos eran la mejor leña para el caso.
—¿Quién es esa mujer con la cual quieren casarte, Alfonso?—dijo Julita tímidamente, mientras gruesas lágrimas le rodaban por las mejillas.
—No sé, no sé, ¡déjame!—exclamó él con tono desesperado.
—Dímelo, Alfonso: lo deseo vivamente.
—Qué importa quien sea. Yo la odio, la detesto.