—De todos modos, quiero saber cómo se llama.

—Es la condesa de San Clemente.

—¿Es joven?

—Mucho más vieja que tú: tiene lo menos veinticinco ó veintiséis años.

—¿Es bonita?

—¡Qué sé yo! Tanto la doy porque sea fea ó bonita.

—¿Pero es bonita?

—Dicen que sí; pero ya te digo que á mí no me importa nada.

Guardó silencio prolongado la niña. Su corazón latía apresuradamente. Al cabo de un rato dijo con acento melancólico clavando al mismo tiempo en su amante una mirada ansiosa:

—Concluirán por convencerte, Alfonso. Al fin pararás en casarte con ella.