El caballero andaluz levantó hacia ella su vista airada y exclamó con energía:

—¡Antes me harían pedazos que tal sucediese!

—No puedes asegurar nada—replicó ella mirándole con la misma zozobra.—Irán trabajando, trabajando sobre ti, te enredarán de tal modo, que al cabo no tendrás más remedio que sucumbir.

—No, no: ¡te juro que no!... Vamos, no me hables más de eso, Julita, porque es una conversación que me incomoda.

Los ojos de la joven brillaron con alegría un momento. Después volvieron á expresar el mismo abatimiento.

Transcurrieron cinco ó seis días. D. Alfonso redoblaba sus manifestaciones de cariño. Pesaba, no obstante, sobre los amantes un disgusto tan abrumador, que les obligaba á mantenerse largos ratos silenciosos con la cabeza baja y los ojos en el vacío. Julita lloraba á menudo, y Saavedra, enternecido también, hacía esfuerzos inútiles por consolarla. La verdad es que no veían salida para sus penas. El horizonte se mostraba enteramente cerrado y oscuro.

—Yo no tengo carrera ninguna: no sé trabajar—decía el caballero.—Si nos casáramos nos moriríamos de hambre... ¡Este es el resultado de haberme educado para rico!

Tanto como morirse de hambre, no lo creo—respondía Julita poniéndose muy colorada.—Mamá y yo no somos ricas, pero podemos vivir decentemente... Claro está que para tí, acostumbrado á otra clase de vida, esto sería muy duro... pero...

—¡Oh, no me hables de eso, Julia!—exclamó el caballero con el gesto de un hombre herido en su dignidad.—Es rebajarme demasiado creer que yo puedo consentir en que me mantengáis... Pero aunque perdiese el decoro hasta ese punto, tampoco lo haría, porque no quiero matar á mi madre.

La niña se calló y aparecieron como otras veces algunas lágrimas en sus mejillas.