—¿Sospecha algo tu madre de lo que nos está pasando?

—No.

—Pues ten mucho cuidado. Ya sabes cómo es su genio. Si se enterase de que mamá se opone, lo echaría todo á rodar y no me consentiría poner más los pies en esta casa.

Una tarde, pasados ya bastantes días, llegó el caballero con la faz más despejada que los anteriores. En vez de sentarse cerca del piano, fueron los amantes á colocarse en pie en el hueco del balcón. Después de pintarle las cosas muy negras, como siempre, y de lamentarse largo rato, D. Alfonso dijo á su prima:

—Como en todo el día y toda la noche no pienso más que en esto, querida Julia, se me han ocurrido ya algunos medios de salir del conflicto. No te los he dicho porque son muy disparatados. Sin embargo, esta noche dando vueltas en la cama sin poder dormir, me vino á la imaginación uno muy seguro, pero muy atrevido... tanto, que tengo miedo decírtelo.

—¿Tan malo es?

—Malo no; atrevido. Exige de tí desprecio á ciertas convenciones sociales y una gran fuerza de voluntad.

—Vamos, dilo: tengo ya curiosidad de conocerlo.

—Pues bien, Julia; mamá, aunque te la representes como una mujer dura, por tus recuerdos de la niñez, y porque en realidad tiene un exterior frío y grave que previene en contra suya, no deja de tener un corazón muy bueno. Me ha dado pruebas inequívocas de ello, perdonándome á veces demasiado pronto faltas gravísimas. Es un carácter orgulloso como el de tu mamá; pero estos caracteres son los más fáciles de vencer. Basta humillarse para que cedan... Pensaba yo esta noche:—Si Julia se atreviese á dar un golpe decisivo, á escaparse conmigo á Sevilla y presentarnos á ella, tengo la seguridad que no vacilaría en perdonarnos y darnos su bendición. Ninguna mujer, por mala que sea, consiente en dejar deshonrada á la hija de una prima hermana.

—Ese proyecto es una locura. ¡Parece mentira que tú me propongas semejante atrocidad!