—Yo no te lo propongo: no hago más que referirte un pensamiento que me ha ocurrido. Si á tí no te cuento lo que siente mi corazón y lo que cruza por mi mente, ¿á quién se lo he de contar, Julia mía?
—Eso es lo último que debías pensar.
—¡Tengo pensado tanto, que no es extraño que ya piense lo último! El proyecto será atrevidísimo, violento y repugnante para tí, pero no una locura como dices. Es un medio seguro, infalible, de conseguir nuestro objeto.
—Pues aunque sea seguro, infalible, yo no le acepto ¿lo oyes bien?
D. Alfonso no se dió por vencido. Continuó discutiendo sin perder la calma, aduciendo razones, poniendo numerosos ejemplos que traía preparados, destruyendo de mil mañosos modos los escrúpulos de Julia. Pero cuando la joven se veía acorralada, envuelta en las redes de la sofistería de su amante, se encolerizaba de pronto y exclamaba:
—Bien, será lo que tú dices; pero yo no quiero, no quiero, y basta.
Julia, aunque dotada de un carácter ligero é impetuoso, no tenía turbia la conciencia. Era una chica honesta, y por lo tanto, aquel proyecto hería de un modo vivo su pudor. No obstante, Saavedra seguía martillando sin cesar con la esperanza de quebrarlo.
Declinaba ya la tarde. El gabinete se iba poblando de sombras. D. Alfonso agotó al fin todos los recursos de su ingenio sin lograr lo que se proponía.
—Bien está—dijo al cabo de largo silencio, haciendo esfuerzos por ocultar su despecho y dando á sus palabras cierta entonación lúgubre.—He buscado con afán los medios de salir de este doloroso estado en que nos vemos. Te propuse el único factible y seguro. Tu misma has convenido en ello y has comprendido la necesidad de adoptar una decisión enérgica. Y, sin embargo, te niegas á aceptarlo. Respeto los escrúpulos que tienes para ello; pero me permitirás que te diga que la mujer que ama de veras se sobrepone siempre á ellos. Si el amor que me tienes fuese tan grande como dices...
—¡Alfonso!