—Ya sé que me quieres. No te esfuerces en decirlo... Pero el resultado es que, queriéndonos mucho, somos muy desgraciados, y que no hallamos medio de dejar de serlo. ¿Qué nos queda que hacer? Pues separarnos y procurar no volvernos á ver.

—¡Oh Alfonso!

—Sí, Julia, sí; conviene que nos separemos para siempre. Aquí no hacemos más que martirizarnos cruelmente. Es una vida infernal la de tener la felicidad delante de los ojos y no poder tocarla. Antes de proponerte este último recurso, muy violento sí, pero absolutamente indispensable, he decidido firmemente expatriarme en el caso de que no lo aceptases. Mañana, pues, tomo el tren para París. Lo confieso ingenuamente, no tengo valor para soportar esta angustiosa situación.

Calló el astuto caballero. Julia tampoco despegó los labios. Por su gracioso semblante se esparció una triste palidez. Los ojos se clavaron estáticos sobre un punto del espacio y permaneció inmóvil como una estatua. D. Alfonso la dejó en esta actitud largo rato sin turbar su ardiente y afanosa meditación, echándole frecuentes ojeadas. Su palidez iba cada vez en aumento.

Cuando juzgó que había llegado el momento oportuno, el audaz seductor fué á tomar el sombrero que había colocado sobre el piano, y volviendo hacia la niña, alargándola la mano, la dijo con voz temblorosa:

—Adiós, Julia.

Esta se la retuvo un instante, y echándole una mirada desesperada, con el rostro lívido ya, le dijo:

—No te vayas, Alfonso. Haz de mí lo que quieras. Estoy pronta á seguirte.

El caballero, después de cerciorarse de que su tía no los veía, la estrechó largo rato entre sus brazos.