XXV
HICO, tráeme un vaso de limón... Tráeme dos, ¿entiendes?
El banquero se sofocaba. Era un hombre pequeño y gordo que casi echaba sangre por las mejillas. Se desabrochó el cuello de la camisa y continuó barajando, dando fuertes resoplidos, como si le amagase algún ataque apoplético.
—Juego.
Los puntos hicieron el suyo colocando las puestas al lado de las cartas. Una mano enguantada arrimó un paquete de billetes á una de ellas.
—¿Cuánto va de esto, Saavedra?—dijo el obeso tahúr levantando sus ojos, que expresaban terror y pedían misericordia.