—Todo—contestó secamente el caballero andaluz.

—¿Cuánto es?

—No sé.

El tono era asaz despreciativo. Sin embargo, el banquero no se ofendió. Tomó el paquete y se puso á contar bajo las miradas atentas del grupo de jugadores que en torno de la mesa estaban, unos sentados, otros en pie.

—Son diez mil doscientas pesetas.

—No hay bastante en la banca—dijo un punto alargando ya la mano para recoger su puesta.

—Va abonado—replicó el banquero, cada vez más rojo. Parecía que iba á estallar.

Mientras tiraba por las cartas reinó silencio absoluto. La de D. Alfonso era un siete.

—Ya está aquí—dijo el banquero con mal disimulado abatimiento, colocando la baraja sobre la mesa.

Acto continuo se puso á pagar las puestas menudas, dejando la de Saavedra para la última. Cuando llegó á ésta sólo sobraban siete mil pesetas.