—Debo tres mil doscientas—dijo, entregándoselas.

D. Alfonso las recogió y las metió en el bolsillo con displicencia. El juego se deshizo. El banquero, limpiándose el sudor de la frente con el pañuelo, se acercó al andaluz, que se había sentado en un diván y leía tranquilamente un periódico.

—Quince mil duros te llevas en el bolsillo, chico.

—No lo sé—replicó D. Alfonso, sin levantar la vista.

—Pues yo sí. Villar y González han perdido nueve mil y nosotros más de doce mil. Entre todos los demás no se han llevado seis mil duros.

—Phs; podrá ser—replicó el caballero.

—Cualquiera diría al verte la cara que son quince mil piedras las que tienes en el bolsillo, chico. Mira, préstame ocho mil pesetas y te pondrás de buen humor.

D. Alfonso, sin decir palabra, sacó la cartera y le dió un puñado de billetes.

—Saavedra, tú andas en malos pasos. La otra noche te he visto en un palco muy amartelado al lado de una chiquita saladísima. Ten cuidado: el día menos pensado te casas.

D. Alfonso sacó el reloj, y después de mirarlo, dijo sonriendo fríamente: