—En este momento voy á robar esa chiquita. Me escapo con ella al extranjero.
—¡No te vendría mal!—repuso el otro sin ocurrírsele siquiera que pudiera ser verdad.—Pero te cansarías pronto. Lo mismo tú que yo, estamos viejos para tales trotes.
—Adiós, Cubells.
—Adiós, chico... No dejes de venir esta noche, que hay partida del golfo.
—¿No te he dicho que me escapo con esa chica?—replicó desde la puerta el caballero con la misma sonrisa fría entre los labios.
—¡Buen bocado!... Ven tempranito, ¿eh? y no dejes de traer al Marqués si le encuentras.
Saavedra bajó lentamente la escalera alfombrada del Círculo. Al salir á la calle estaba oscureciendo. Su berlina le aguardaba á la puerta.
—Oyes, Julián: me llevas ahora á la calle de Carretas, paras allí y te colocas cerca del Correo. Vendrá una señora, abrirá la portezuela y se meterá dentro conmigo. En cuanto esto suceda, sin aguardar más, partes como un rayo para Jetafe. ¿Conoces bien el camino? Bien; pues es necesario, aunque se revienten los caballos, que te plantes allá en un periquete. Quiero coger el tren que sale de aquí á las ocho y media. No te asustes de la aventura. Es una bailarina del Real que quiere irse conmigo á Sevilla y no puede rescindir el contrato. Cuando lleguemos á Jetafe ya te daré más instrucciones sobre lo que has de hacer.
El carruaje llegó á la calle de Carretas y se situó donde su dueño había ordenado. D. Alfonso, reclinándose en una esquina para evitar las miradas de los transeuntes, esperó.
Julia había pasado la tarde en casa de su cuñada, pues no tocaba aquel día lección de piano; toda ella en un estado de agitación que no pudo pasar inadvertido para Maximina.