—¿Qué tienes, te sientes mal?—le dijo.

—¡No! ¿Por qué me preguntas eso? ¿Qué ves en mí de particular?—le respondió llena de zozobra.

—Nada, nada; no te asustes. Estás un poquito pálida y más ojerosa que otras veces. Nada más.

—Es que me encuentro un poco nerviosa hoy.

Maximina sonrió bondadosamente, suponiendo que habría tenido alguna reyerta con su novio, y mandó hacerle tila. A pesar de la profunda antipatía que le inspiraba D. Alfonso y los poderosos motivos que tenía para juzgarle un bellaco, veía tan enamorada á Julita, que no se atrevía á decirle una palabra en contra suya.

Según avanzaba la tarde, su inquietud iba en aumento. El último retoño de la raza de los Rivera estuvo á punto en varias ocasiones de padecer algún menoscabo á consecuencia del estado nervioso de su noble tía. Apretábalo ésta contra su pecho más de la cuenta, arrojábalo al aire para recogerlo otra vez, dábale centenares de besos en un mismo sitio del rostro dejándoselo más encendido que una brasa, y hasta le mordió ¡caso terrible! las narices. No hay para qué decir que el ilustre niño, henchido de indignación, protestaba contra tales atentados.

Con Maximina también se mostró la joven más expansiva en sus caricias que otras veces.

—¡Maximina, qué buena eres! ¡qué buena eres!

Y casi la asfixiaba entre sus brazos.

—Eso quisiera yo, ser buena—respondía la niña ruborizándose.