—¡Cuánto daría por ser como tú!

—¡Si no fueses mejor, estabas fresca!

—¡Oh! yo soy mala, Maximina, ¡muy mala!... Pero tú me perdonas todos mis defectos, ¿no es verdad?

Y acometida de súbita inspiración, se levantó diciendo:

—Voy á escribir una carta al despacho.

—¿No tomas la tila?

—Ya la tomaré; concluyo en seguida.

Entró en el escritorio de su hermano y se puso á escribir con precipitación la siguiente carta:

«Mi queridísima Maximina, hermana de mi alma: Cuando recibas ésta, la pobre Julia habrá cometido ya un pecado muy grande. Me voy á Sevilla con Alfonso á implorar de su madre el permiso para casarnos. Procura aplacar á...

—Julia, se te enfría la tila—dijo Maximina poniéndole una mano sobre el hombro.