La joven dió un grito y tapó el papel con las manos.

La esposa de Miguel retrocedió asustada.

—Dispensa, chica: ¡me cogiste tan desprevenida!—dijo Julia sonriendo y muy encarnada.

—Tú eres la que debes dispensarme por haber entrado sin avisar... No creí... Continúa, continúa—añadió con sonrisa maliciosa que significaba:—Ya sé para quién es la carta.

¡Cuán lejos estaba la inocente niña de la verdad!

Después que hubo salido, concluyó la carta, «...procura aplacar á mamá y á Miguel cuando venga. Creo que al fin todo se arreglará satisfactoriamente. Alfonso, aunque un poco frío, es todo un caballero. Perdona y ama mucho á tu hermana, que sólo de ti se despide, Julia

D. Alfonso le había encargado repetidas veces, y con mucho interés, que de modo alguno dejase carta escrita declarando donde iba. Mas por un impulso del corazón, de los muchos que no pueden explicarse, se le ocurrió escribir á su cuñada, en la cual tenía ciega confianza.

—Vaya, me voy—dijo poniéndose el sombrero, que tenía un tupido velo para echar sobre los ojos.—Ya es hora de comer, y mamá me estará esperando. ¡Como quien no quiere la cosa, no la he visto desde ayer noche! A las diez ya estoy aquí otra vez.

Se despidieron á la puerta. Maximina le dió un beso en la mejilla como siempre. Ella le devolvió más de una docena, tan fuertes y apasionados, que la joven esposa no pudo menos de exclamar riendo:

—¡Qué loca!