—¡Loca, sí! ¡Y bien loca!—contestó bajando de prisa la escalera y sin volver la cabeza.

Los besos y la entonación de aquellas palabras sorprendieron un poco á Maximina, pero no hizo alto en ello y cerró la puerta.

Juana era quien acompañaba á nuestra joven hasta su casa. Cuando salieron á la calle poco faltaba para ser de noche. Al llegar á la de Carretas, le dijo la señorita:

—Juana, hágame el favor de entrar en ese estanquillo, póngale un sello y eche esta carta en el buzón... ¿Sabe usted leer?—añadió temiendo que se enterase para quién era.

—No, señorita—respondió la guipuzcoana avergonzada.

Entró en el estanquillo y Julia hizo ademán de aguardarla á la puerta; pero en cuanto la vió arrimarse al mostrador, deslizóse velozmente por la calle abajo, y al llegar al coche, cuyos caballos conocía, abrió la portezuela y se metió dentro.

Oyóse inmediatamente una voz varonil que decía:

—¡A escape, Julián á escape!

Los caballos, fustigados por el cochero, emprendieron la carrera. Pronto salieron del casco de la población y se precipitaron medio desbocados por la carretera de Andalucía.

Cuando llegaron á Jetafe el tren silbaba ya á lo lejos. D. Alfonso tomó los billetes, y llamando aparte á Julián, le dijo: