—Mañana si te preguntan, di que me has conducido á Pozuelo, por la línea del Norte, ¿entiendes?

—Pierda usted cuidado, señorito.

—Toma—dijo dándole algunos billetes,—cuida bien los caballos. Ya te escribiré lo que has de hacer.

El tren los condujo rápidamente, no á Sevilla, sino á Lisboa. A media noche, habiendo salido el caballero fuera un momento, vino desolado diciendo que se había equivocado, que más arriba debieron haber cambiado de tren. La niña quedó estupefacta y aterrada.

—No te apures tanto, hija. Ahora, antes que quedarnos en cualquier poblachón de estos, adonde puedan avisar por telégrafo y cogernos, vale más que entremos en Portugal y desde allí nos trasladaremos inmediatamente á Sevilla.

Aunque protestó con violencia, la joven no tuvo más remedio que conformarse al cabo.

Llegados á Lisboa, se alojaron en una de las mejores fondas. D. Alfonso prometió á su prima emprender al día siguiente el viaje para Sevilla. Sin embargo, se pasó un día, y se pasaron dos y tres, y no se marchaban. El caballero encontraba un pretexto para dilatar el viaje; y era que había perdido el equipaje. Aguardaba la contestación del telegrama que había puesto.

Julita, en aquellos días, se hallaba en un estado de gran excitación que la hacía pasar instantánea y alternativamente de una alegría ruidosa é inconsiderada á un profundo abatimiento. Unas veces se encolerizaba contra su primo y le llenaba de dicterios y amenazaba escaparse sola ó dar parte á la policía: en seguida se dejaba caer en sus brazos pidiéndole perdón. En medio de la mayor tristeza, su amante comenzaba á remedar de un modo grotesco el acento de la camarera que les servía, y la niña reía á carcajadas como una loca. Otras veces se entusiasmaba con el espectáculo de la bahía y con el de la regia mansión de Cintra.

Mimábala el astuto caballero con los más finos y amorosos cuidados. Cuando se encolerizaba, dejábala desahogarse sin responder palabra: cuando se entristecía, ponía todos los medios por distraerla: cuando, por último, la veía contenta, aprovechaba estos momentos para salir con ella de paseo, dándole el brazo como si fuesen esposos. Por tales y recientes eran tenidos en la fonda.

Sin embargo, al cuarto día de haber llegado, hallándose en su gabinete después de almorzar, D. Alfonso, reclinado en la butaca fumando un cigarro puro, ella de pie, frente al espejo arreglándose para salir, le dijo el caballero acompañando sus palabras de una sonrisa ambigua: