—¿Sabes lo que estoy pensando, Julita?
—¿Qué?
—Que me encuentro admirablemente viviendo de este modo contigo.
—Yo no—repuso la joven secamente.
—¿Pues? ¿Qué te hace falta?
—Me hace falta no estar en pecado mortal; pedir perdón á mamá, y que tú seas mi marido.
—Pues á mí cabalmente lo que me gusta es vivir de este modo extra-legal. Somos dos pájaros que huyen del nido y tienden su vuelo por el aire. ¡Qué placer estar así solitos y libres! ¿Seremos por ventura más felices cuando un cura sucio é ignorante haya mascullado unos cuantos latines delante de nosotros?
Julita al oir esto y percibir el tono burlón con que D. Alfonso lo decía, sintió un frío particular en su cuerpo y dejó caer los brazos, que tenía alzados para arreglar el pelo. Quedó algunos momentos suspensa, y volviendo al cabo la faz pálida hacia él, le dijo pausadamente, pero con voz alterada:
—¡Parece mentira que hayan salido de tu boca unas palabras tan groseras y tan feas!
—¿Por qué han de ser feas, chica? No hice más que emitir mi opinión sin meterme á averiguar si es mala ó buena—replicó el caballero riendo.