—¡Calla, calla, Alfonso!... Hay momentos en que cruzan por mi imaginación unas cosas tan horribles, que si se detuvieran algún tiempo en ella, estoy segura que me volvería loca y me arrojaría por el balcón.

Al decir esto dejó el sombrero sobre el tocador y vino á sentarse en el sofá, quedando con la cabeza baja y las manos cruzadas en actitud meditabunda. Gruesas lágrimas empezaron á resbalarle por las mejillas.

—¿Lloras?—dijo el caballero acercándose á ella.

La niña levantó hacia él sus ojos chispeantes de furor.

—Lloro, sí—dijo con rabioso acento.—¿Y qué? ¿Qué tienes tú que ver con mi llanto? Yo quiero marcharme para mi casa, ¿lo entiendes? Quiero marcharme en seguida, ¡ahora mismo!

—Cálmate, Julia.

—No quiero calmarme. ¿Por qué estoy yo aquí contigo, vamos á ver? Hazme el favor de llevarme otra vez á mi casa. Aunque me mate mi madre quiero irme con ella en seguida, ¿lo oyes?

D. Alfonso guardó silencio: dejó trascurrir con astucia algunos minutos para que se sosegase un poco. Después dijo con voz apagada y triste:

—Bien: si es que ya te has cansado de mí, te llevaré á Madrid otra vez... Pensaba yo que fuese tu amor un poco más firme... Me he equivocado, ¡paciencia! No me remuerde la conciencia de nada. Después que hemos salido de Madrid hice cuanto me ha sido posible por cumplir como bueno. Las circunstancias nos han traído aquí y nos retienen contra mi voluntad... Pero en fin, de todos modos, nos marcharemos cuando tú quieras. La verdad es, que ya hemos aguardado bastante por el dichoso equipaje... Ahora voy á decirte una cosa—añadió con voz enternecida.—Si en algo te pude ofender en estos días, perdóname. Te quiero y te respeto como mi mujer legítima, pues lo eres ya ante Dios, y muy pronto lo serás ante los hombres... si es que me aceptas por esposo y no te vuelves atrás.

Julia, conmovida también, le alargó la mano que su amante se apresuró á besar.