XXVI

L llegar á Madrid y enterarse de lo ocurrido, Miguel recibió en su corazón el dardo más cruel que el destino le arrojara después de la muerte de su padre. Halló á su madrastra en un estado de abatimiento, próximo á la imbecilidad. Aquella naturaleza soberbia é indómita se había doblegado al fin. Y como sucede siempre, al verla humillada, llorando en silencio, inspiraba doble compasión.

—¡Pobre mamá!—dijo abrazándola.—El golpe es rudo; pero aún no se ha perdido todo. El asunto se ha de arreglar, Dios mediante.

—No, Miguel, no; el corazón me dice que no se arreglará. Ese hombre es un malvado. No quise hacer caso de tí, y Dios me castiga.

Maximina se sobresaltó gravemente al saber que su marido partía aquella misma noche para Sevilla.