Miguel hizo un gesto de desprecio.
—Ya sé que eso no te arredra; pero vamos á cuentas. ¿Qué adelantas con morir? ¿Borrarás la afrenta de tu hermana? No la borras, y además la privas del único apoyo que tiene en el mundo. Pues supongamos (y es mucho suponer) que tú me matas. Tampoco adelantas más que hacer pública la deshonra que ahora, con un poco de cautela, puede quedar ignorada.
D. Alfonso, y lo mismo Miguel, hablaban en voz de falsete para no ser oídos de fuera; pero el gesto y la entonación eran tan vivos y enérgicos, sobre todo por parte del último, que suplían bien la falta de gritos. Julia estaba de bruces, inmóvil, sobre el sofá.
—¿Te figuras que voy á aceptar esa lógica con que quieres evitarte el disgusto de arriesgar la vida? No lo creas; aunque tuviese una probabilidad contra mil de matarte, sería para mí un placer el verme frente á ti con una espada ó una pistola. Cuanto más que la resolución firme que tengo de morir ó matar nos ha de igualar mucho, bien lo sabes. Deja, pues, esas razones propias de un cobarde, y allánate buenamente á pasar un rato amargo, ya que tú nos lo has proporcionado tan exquisito.
—Veo que me injurias. Hazlo sin temor. Te concedo el derecho... Pero líbrate de que en público salga una palabra mal sonante de tu boca.
—En privado y en público estoy resuelto á hacer lo mismo, ¡miserable!—exclamó Miguel fuera de sí.—En todas partes diré que eres un pillo, un cobarde asesino que sólo busca duelos con quien no sabe defenderse. Para que veas el miedo que te tengo, mira...
Al decir esto se arrojó como un león sobre Saavedra, que se había puesto de pie para esperarle. Antes que pudiese levantar la mano, el andaluz le sujetó los brazos y lo rechazó brutalmente hasta el medio de la habitación, haciéndolo tambalearse. Quiso de nuevo arrojarse sobre él; pero en aquel momento se sintió abrazado por otros brazos más dulces, los de su hermana, que con el rostro descompuesto, la mirada fulgurante, la voz sofocada por los sollozos, dijo:
—No, Miguel, no; tú no puedes medirte con ese hombre. Después de lo que acabo de oir, prefiero mil veces morir ó arrastrar toda mi vida la deshonra, á casarme con semejante monstruo.
—¡Déjame, déjame!—gritó Miguel, pugnando por desasirse.
—No, hermano mío; mátame á mí, enciérrame en un convento, pero no expongas tu vida... Acuérdate de Maximina y de tu hijo.