—De la segunda parte ya hablaremos. Vamos á la primera. Sospeché, al saber el rapto de mi hermana, que no te había movido para llevarlo á cabo ningún fin santo. Sin embargo, no podía convencerme de que llegase tu cinismo hasta el punto de pretender hacer de una señorita que es de tu misma sangre tu querida.
Julita dejó escapar un gemido. Miguel volvió sus ojos compasivos hacia ella y le dijo:
—Perdona, Julia mía: no me hacía cargo que estabas presente.
—Al rehusar casarme con tu hermana—contestó D. Alfonso—no me impulsa ningún motivo que redunde en su menoscabo. Confieso que es una chica excelente. Lo único que hay es que no entra en mis cálculos el casarme, ni con ella ni con ninguna otra. Esta decisión, que desde hace mucho tiempo he tomado, no puedes alterarla tú ni nadie.
—¿Es esa tu última palabra respecto á la primera parte de mi exigencia?
—Esa es.
—Bien; vamos á la segunda. Supongo que no te negarás á darme una reparación por medio de las armas...
—Sí me niego. Yo te he ofendido gravemente. Tendría poca gracia que además te matase... Y dejar que tú me mates, francamente, tampoco la tendría.
—Hay un medio infalible para que te batas. Te abofetearé en público.
—No dudo que lo harás. Te considero hombre de corazón. Lo harás aunque sabes bien que firmas tu sentencia de muerte. Cualquiera que sea el arma que elijamos, no puedes ignorar que llevo noventa probabilidades contra diez de matarte ó herirte...