Julia, al verle en el espejo, dió aquel tremendo grito que hemos dicho. Después se volvió y se dejó caer de rodillas á sus pies. Miguel la levantó con dulzura y fué á sentarla en el sofá. Después, con ademán reposado, cerró la puerta y se dirigió hacia D. Alfonso, que se hallaba sentado en la butaca con las piernas cruzadas y fumando un cigarro con afectada impavidez, si bien extremadamente pálido.
—Ya estoy aquí—dijo Miguel, mirándole fijamente.
—Lo veo—repuso D. Alfonso, soltando una bocanada de humo.
—Bien supondrás á qué...
—¿Á pedirme cuentas de mi conducta?
—No; yo no quiero calificar tu conducta ahora. Lo único que me interesa en este momento es salvar el honor de mi hermana. Vengo á exigirte que te cases inmediatamente con ella ó te batas conmigo.
Hubo una pausa breve. D. Alfonso replicó con calma:
—Ni me caso con tu hermana ni me bato contigo.
—Lo veremos—dijo Miguel, sonriendo sarcásticamente.
—Dalo por visto.