—No he salido tan bien como pensaba... pero no he salido del todo mal de esta aventura.

XXVII

UEGO que regresaron á la corte los hermanos, tuvieron noticia de un suceso que les impresionó dolorosamente. Vamos á referirlo desde el principio.

Con la cariñosa preferencia que Julia le dispensó la noche del sarao, nuestro heroico amigo Utrilla cobró alientos para medio año lo menos. Su dulce enemiga le hizo beber de un solo trago la copa del triunfo. Ebrio de amor y de orgullo, se necesitó luego que le estuviese dando desaires durante dos meses consecutivos para que este glorioso joven advirtiese que había cambiado un poquito de humor. Claro está que tal cambio no logró afectarle gran cosa, pues estaba bien seguro, ahora más que nunca, de la irresistible fascinación que ejercía sobre la hermosa. Aquel cerrar el balcón cuando él pasaba por su calle; aquel volver los ojos del lado contrario y no contestar á sus cartas no eran para nuestro mancebo sino «cándidos ardides» con que la muchacha pretendía enamorarle y tenerle más sujeto. Como prueba de ello, diremos que, hallándose en el teatro y habiéndose colocado frente á ella en un entreacto, sin quitarla ojo, le dijo un amigo, tocándole al mismo tiempo en el hombro:

—Hola, compañero; parece que le gusta á usted aquella morenita.