—Es antiguo—respondió seca y dignamente el ex cadete.

—Y ella, ¿qué tal?

—¡Pobre niña!—exclamó, sacudiendo la cabeza, y sonriendo con lástima.

El amigo observó, sin embargo, que en toda la noche la chica no volvió los ojos hacia aquel sitio y sí muchas veces hacia un palco bajo de proscenio donde había algunos jóvenes aristócratas.

Muy lejos, pues, de desanimarse, Utrilla era un hombre casi feliz. Lo hubiera sido enteramente si en vez de llevar la cuenta de las bujías expendidas estuviese ocupado en otro asunto más conforme con sus inclinaciones, y si hubiera tenido la buena fortuna de haber dado muerte á alguno en desafío ó al menos haberle herido peligrosamente. Pero hasta entonces, por desgracia, no se le había presentado una coyuntura favorable. Sin embargo, la esperaba con ansia, porque, á la verdad, le remordía la conciencia de tener ya muy cerca de diez y ocho años y «no haber ido una sola vez al terreno». Últimamente había empezado á dar lecciones de florete en una sala de armas, y en presencia del profesor y de sus compañeros había hecho alusiones á cierto proyecto mortífero que abrigaba, el cual no debía de ser otro, á nuestro juicio, que el quitar del medio á su rival Saavedra.

Trascurrieron, pues, los meses, y á horas fijas, con una constancia digna de mejor éxito, Utrilla gastaba los tacones de sus botas sobre las aceras de la calle Mayor, y aun los torcía. De vez en cuando, Julita solía saludarle con la mano, correspondiendo al enérgico sombrerazo que desde la calle le soltaba su enamorado. No obstante, la mayor parte de las veces acaecía que, viéndole asomar por una esquina, la hija del brigadier se apresuraba á cerrar el balcón, lo cual tomaba nuestro joven como signo de exquisito pudor, y miedo á sus penetrantes miradas. Lo más que se autorizaba murmurar era:

—¡Esta Julita, cuándo dejará de ser una chiquilla!

Á mantenerle en esta ilusión, era suficiente la fe inquebrantable que tenía en la virtud fascinadora de su mirada y gentil talante; pero, hay que confesarlo, algo contribuía también el que Julita, no muy piadosamente, se servía de él en ciertas ocasiones, cuando reñía con Saavedra, para dar á éste celos. Y algunas veces, en el teatro, aconteció, irse al viso con él en presencia del mismo caballero andaluz.

Así estaban las cosas cuando estalló la bomba, esto es, cuando Julita se escapó de la noche á la mañana con su primo. La primera noticia que Utrilla tuvo de este suceso se la comunicó la portera de la brigadiera, con quien mantenía cordiales relaciones, refrescadas de vez en cuando con alguna peseta volante. Como es natural, el ex cadete se negó resueltamente á creerla. Mas, cuando tuvo que rendirse á la evidencia quedó hecho una estatua, no griega por cierto. Los lentes se le cayeron de las narices, y sus ojos vidriosos de miope no expresaron nada, si no es la imbecilidad más absoluta. La nuez se le pronunció de un modo verdaderamente monstruoso.

Utrilla meditó, pasado el susto, qué era lo que le tocaba hacer en aquel caso extraordinario. Pensó en salir detrás de los prófugos, alcanzarlos y matar al raptor de una estocada; pero sobre ser dificilísimo alcanzarlos, ¿con qué carácter se presentaría á ellos no siendo ni hermano ni marido de la doncella robada? Desechado este proyecto, se le ofreció claro como la luz que lo único que venía bien en tal caso, era el suicidio. Después de martirizarse los sesos un día entero, no halló otra solución más adecuada.