Jacobo Utrilla, con la asombrosa perspicacia de que estaba dotado en estos asuntos delicados que atañen al honor, comprendió en seguida que el mundo no le perdonaría jamás el no haberse suicidado en aquella ocasión. Y como hombre que estimaba su dignidad por encima de todas las cosas, resolvió sacrificar en aras de ella la propia vida, tan dulce á todos los seres creados.
¡Noche aciaga la que precedió á aquel trágico desenlace! Utrilla estaba perfectamente enterado de lo que debía hacerse al llegar una situación como ésta. Hubiera podido escribir, sin inconveniente alguno, un Manual del perfecto suicida. Así que pasó hasta el amanecer escribiendo cartas y tomando café puro. Una de ellas era para su padre pidiéndole perdón, mas haciéndole ver, al mismo tiempo, con razones de peso, que si de otra manera obrase deshonraría el apellido que llevaba. Otra para Julia, muy digna, muy comedida, muy generosa; lo único que le rogaba era que fuese alguna que otra vez á depositar una flor sobre su tumba. La última, en fin, era para el juez de guardia, noticiándole «que á nadie se culpase de su muerte, etc.»
Cumplidos escrupulosamente estos altos deberes, se lavó y se vistió con toda pulcritud y demandó el chocolate. D.ª Adelaida, que se levantaba siempre al rayar el alba, se lo sirvió sorprendiéndose no poco de verle tan de mañana de aquel modo acicalado.
—Jacobito, ¿cómo te has puesto de negro? ¿Vas á algún funeral?
—Sí, señora... al de un amigo de usted—respondió con admirable sangre fría.
—¿Quién es?
—Ya lo sabrá usted.
Mientras tomó el chocolate estuvo oportuno y jaranero como nunca, haciendo reir á la buena señora con sus ocurrencias. Utrilla no era chistoso por naturaleza, ni solía levantarse casi nunca de buen humor; pero consideró de todo punto necesario en aquel caso excepcional variar sus costumbres. Porque era hombre práctico y conocedor como nadie de esta clase de asuntos.
—Vaya, vámonos de aquí al Campo santo—dijo poniéndose el sombrero y cogiendo el bastón.
—¿Pero son los funerales en el cementerio, Jacobito?