—No; es una misa que se dice en la capilla... Usted no querría que yo me quedase por allá, ¿verdad?

—¿Dónde?

—En el cementerio.

—¡Ave María, qué bromas tienes, Jacobito!

Este soltó una carcajada con carácter de histérica. Sacó los guantes del bolsillo, pero antes de metérselos despojóse de una sortija y se la entregó al ama de llaves diciéndole:

—Esta sortija la enviará usted á casa de D. Miguel Rivera para que se la entreguen cuando vuelva.

—¿Es un regalo?

—Sí; por los muchos que él me ha hecho.

Acto continuo este joven magnánimo y pundonoroso salió con firme paso de la estancia apercibido á cumplir con su deber. Ni la belleza del día, que estaba riente y esplendoroso como pocas veces, ni la perspectiva de los placeres con que la vida le brindaba, ni el recuerdo tierno de su padre le detuvieron en su marcha serena y majestuosa. Al pasar cerca de la fuente Cibeles un organillo tocaba un vals-polka que le recordó cierta aventura que había tenido en el salón de Capellanes. Sintióse un poco enternecido; pero su alma heroica se sobrepuso inmediatamente á este flaco movimiento.

Llegó al Retiro. Estaba solitario. Recorriólo con lento paso buscando con los ojos un paraje oculto y misterioso. Cuando lo hubo hallado se sentó en un banco de piedra, quitóse el sombrero y lo colocó cuidadosamente á su lado. Se desabrochó la levita y cruzó una pierna sobre otra, cuidando de estirar los pantalones para que no se viese el calcetín. Después, llevando la mano al bolsillo y cerciorándose de que las cartas estaban en su sitio, sacó un revólver pequeño y niquelado.