—¿Pues?

—¡Como siempre al entrar me das un beso y hoy no has hecho ningún caso de mí!... Has besado al niño nada más...

Miguel se levantó y la abrazó estrechamente.

—No, mi Maximina, si he besado al niño solamente es porque venía pensando en él, preocupado con su suerte.

Después, sin poder articular otra palabra, se dejó caer súbito en el sillón sollozando.

Maximina quedó como si en aquel mismo momento viese hundirse la casa. Pasado el primer instante de estupor, se precipitó sobre él para abrazarle.

—¡Miguel, Miguel de mi vida! ¿Qué tienes?

—La desgracia pesa sobre nosotros, Maximina—respondió con el rostro entre las manos.—¡Os he arruinado estúpidamente, á ti y á mi hijo!

—¡No llores, no llores, Miguel!—exclamó la niña, acercando sus labios al rostro de su esposo.—Yo nada tenía, ¿cómo me habías de arruinar?

Cuando se hubo calmado un poco, le explicó lo que pasaba. Eguiburu le citaba al día siguiente, de conciliación, para reconocer las firmas y contaba presentar en seguida demanda ejecutiva.