—¿Te acuerdas de aquel día en que después de haber afianzado los treinta mil duros del periódico, para que pudiese continuar, te pregunté tu opinión? No te atreviste á decirme que había obrado mal, y contestaste con una evasiva. ¡Qué razón tenías!

—No, Miguel, no; estás equivocado—respondió ella, deseando evitar á su esposo la vergüenza de haber obrado con menos seso que una mujer.—¿Qué sabía yo de esas cosas? Si tú lo has hecho mal, yo lo hubiera hecho mucho peor... Pero, después de todo, lo que nos ha sucedido no es para que te apures tanto. Nos hemos quedado sin dinero. Bien ¿y qué? Trabajaremos para comer, como tantos otros. Yo estoy acostumbrada á ello: no soy una señorita: puedo vivir con mucha estrechez, sin padecer nada. ¡Ya verás qué poco te gasto! Y nuestro chiquitín, cuando sea grande, trabajará también, y será un hombre de provecho. ¡Vaya si lo será! Acaso, si supiera que no necesitaba trabajar, se entregaría á los vicios como otros jóvenes ricos. Y sobre todo, él, lo mismo que yo, lo que quiere es tener á su papá tranquilo, y contento, con dinero ó sin dinero.

¡Oh, qué suaves sonaron aquellas palabras en los oídos del atribulado Miguel!

—¡Eres mi ángel bueno, Maximina!—dijo besándole las manos.—No sé qué tienen tus palabras que endulzan instantáneamente mis amarguras, me sosiegan y me calman como si entrase en un baño aromático... ¿Dónde has aprendido esa elocuencia tan hermosa, vida mía?—añadió sentándola sobre sus rodillas.—No me lo digas; ¡de aquí sale todo!

Y la besó sobre el pecho, en el sitio del corazón.

Los esposos departieron todavía largo rato, tranquilos, risueños bebiendo con los labios y con los ojos el néctar divino del amor conyugal. ¡Caso extraño! A pesar de hallarse en vísperas de una gran calamidad, Miguel no recordaba haber pasado un rato más feliz en su vida. Y aunque los sucesos que á los pocos días se efectuaron le hubiesen entristecido, gracias á este bálsamo reparador, no lograron abatir su ánimo.

Eguiburu, al fin, cayó sobre su presa. La demanda ejecutiva prosperó. Las dos casas de Miguel de la calle del Arenal y Cuesta de Santo Domingo se subastaron en 48.000 duros. Si la enajenación hubiera sido voluntaria, no hay duda que se habría sacado bastante más por ellas. Los compradores se valieron de la ocasión, como era lógico.

El importe total de la deuda de nuestro héroe, sumando intereses y gastos, ascendía á 50.000 duros. Quedaba, pues, un pico por pagar. Miguel vendió una parte de su mobiliario y algunas joyas para hallarse enteramente libre. Hecho esto, buscó un cuarto barato en los barrios extremos de Madrid. Hallólo en Chamberí bastante bonito en el piso tercero de una casa recién construida, por el módico precio de doce duros mensuales. Se trasladó inmediatamente á él, y lo arregló bastante bien con el resto de sus muebles. La casa era chica; pero gracias á los esfuerzos de Maximina, quedó pronto convertida en una mansión bastante agradable. La mejor habitación se destinó para despacho de Miguel, pues renunciando á las visitas de cumplido, no necesitaban sala. De las criadas no conservaron más que á Juana, la cual se prestó á ser cocinera. Las demás, al saber que se las despedía, empezaron á llorar perdidamente: sobre todo Plácida estaba inconsolable.

—Señorita, por Dios me lleve consigo. Con usted voy sin salario á comer patatas en cualquier parte.

Maximina conmovida la consoló diciendo que no se iban de Madrid y que fácilmente podrían verse. El portentoso niño, cuyos rápidos progresos en los últimos tiempos habían llegado hasta el grado, verdaderamente increíble, de levantar las manos al cielo en cuanto oía cantar «¡Santa María, qué mala está mi tía!», fué objeto de feroces y encarnizados achuchones por parte de las domésticas, al despedirse.