Una vez instalados, pensó Miguel, como era justo, en procurarse algún sueldo para vivir, aunque fuese de aquel modo modestísimo. La política le horrorizaba: así, que desechó el periodismo, á pesar de ser la única profesión en que se había ejercitado. Supo que iban á salir unas plazas á oposición en el Consejo de Estado y se determinó á concurrir á ella. En el amor de su esposa y de su hijo y en la idea del deber, que jamás le había abandonado enteramente, y que ahora con la desgracia se levantaba vigorosa en su espíritu, halló estímulo y fuerza, no sólo para dedicarse con ahinco á estudios contrarios á sus inclinaciones, sino para vencer su orgullo. Un joven que había brillado en la sociedad madrileña, que estuvo al frente de un periódico y á dos dedos de ser diputado, era imposible que dejase de sentir cierta vergüenza disputando una plaza de doce ó catorce mil reales en contienda pública. Entregóse al estudio del derecho administrativo con tal furor, que apenas salía de casa, si no es por la noche un rato, para refrescar la cabeza.
El poquísimo dinero que le había quedado, gastábalo con moderación á fin de que alcanzase hasta la época de las oposiciones, que habían de efectuarse pasado el verano, hacia el mes de Octubre ó Noviembre. Maximina era para eso un modelo. No sólo no gastaba nada con su persona, pues tenía bastante ropa, sino que en el gasto de la casa hacía prodigios de habilidad para reducirlo á la mínima expresión. Miguel se apenaba y hasta vertía lágrimas en secreto cuando la veía hacer ella misma el jabón, porque salía unos céntimos, más barato que en la tienda, y estar muchas veces al cuidado de la cocina, cuando Juana había ido á un mercado lejano donde la arroba de patata era un real más barata, y a planchar la ropa más fina, etc., etc. Pero ella parecía feliz, más feliz acaso que cuando estaba en la opulencia. El lujo de la casa de la plaza de Santa Ana la imponía cierto respeto. Como ella no hacía la limpieza ni manejaba los muebles, apenas los tenía por suyos. Ahora, todo lo contrario. Ella los había colocado donde estaban después de graves perplejidades; les quitaba el polvo todos los días, barría y cepillaba la alfombra, limpiaba con polvos de asta de ciervo los tiradores de metal, lavaba con cuidado los cristales de la librería de su esposo, hacía, en fin, todos los menesteres de la casa. Era un placer para Miguel, no exento de melancolía, verla por las mañanas con un pañolito de seda atado á la cabeza al uso vizcaíno, y otro de estambre á la cintura, empuñando con garbo el plumero y la escoba y tarareando muy bajito algún zorcico sentimental de su tierra.
Pero Maximina entendía con exageración la economía en lo referente á su persona. Esto causaba hondos disgustos á Miguel de vez en cuando. Sin que él lo supiese, había suprimido el chocolate por la tarde. Cuando lo averiguó se puso furioso.
—¡Á quién se le ocurre! ¡Reducir el alimento cuando estás criando! Es una insensatez y hasta un pecado. Te lo prohibo, ¿lo entiendes? Antes que á ti te falte que comer, iré yo á partir piedras en una carretera ó á pedir limosna. Ya lo sabes.
—No me riñas, por Dios, Miguel. Es que no tenía ganas de chocolate estos días.
—Pues haber tomado otra cosa.
—No tenía gana de nada.
—Vaya, vaya, Maximina, dejémonos de tonterías... y que no vuelva á suceder.
Aunque la niña procuraba ocultar los pies en su presencia, otra vez advirtió que tenía las zapatillas rotas.
—¿Qué es eso?—le dijo.—¿Por qué no compras otras zapatillas?