Aunque agitado con la perspectiva de las oposiciones, y trabajando para ellas, acaso más de la cuenta, nuestro héroe no era desgraciado. Cuando hay paz y amor en el hogar, la vida de familia es el mejor sedativo para los dolores morales. Esto por un lado, y por otro, la confianza que tenía en sus fuerzas, le hacían vivir, hasta cierto punto, dichoso.
Llegó un día, sin embargo, en que esta dicha y relativa tranquilidad desaparecieron, con el anuncio de que las oposiciones que esperaba, se suspendían indefinidamente, tal vez hasta el año próximo. Todos sus planes vinieron al suelo. Como no había pensado en otra salida para sus apuros desde hacía mucho tiempo, quedó anonadado. Tuvo fuerza, no obstante, para disimular con su esposa y aparecer en casa sereno y contento como antes. Repuesto de la sorpresa, despertaron con nuevo vigor las energías de su alma. «Es necesario, á todo trance, buscarse trabajo»—se dijo. No le quedaba dinero más que para un mes. Sin embargo, dejó á su esposa gastar como antes, seguro de que no podía estirarse mejor que ella lo hacía sin imponerse dolorosas privaciones. Lo primero en que pensó fué en procurarse un empleo en alguna sociedad particular. Visitó algunos amigos y todos ellos le animaron con buenas palabras. Sin embargo, trascurrió el mes, y el empleo no parecía. Se vió entonces en la necesidad de empeñar su reloj para pagar al casero y la cuenta de la tienda: á su mujer le dijo que se lo estaban componiendo. Pasó el segundo mes y tampoco consiguió nada. Un día Maximina le dijo muerta de vergüenza, como si cometiese algún delito:
—Miguel, el tendero de abajo me ha mandado la cuenta, y como no tenía un cuarto, no pude pagársela.
El hijo del brigadier se estremeció, pero disimulando lo mejor que pudo, le contestó con afectada indiferencia:
—Bien; ya se la pagaré yo ahora cuando salga. ¿Cuánto es?
—Cincuenta y seis pesetas.
—¿Necesitas más dinero, verdad?
Maximina bajó los ojos ruborizada.
—Debo el salario á Juana.
—Esta tarde te lo traeré.