—¡Ah, no!—dijo con precipitación.—No tengas cuidado. Mandaré en seguida por ellas.

La razón de este sobresalto era que temía que su esposo las trajese más caras de lo que á ella le convenía.

Miguel, por su parte, también hacía economías en su persona, aunque no tan extremas. Pero esto no lo podía sufrir Maximina. Cuando le veía ponerse el hongo y un pañuelo de seda al cuello para ahorrar el sombrero de copa y los trajes buenos que tenía, hacíase la enfadada.

—¡Qué fachota traes! No me gustas así, Miguel.

—Es que no tengo ganas de arreglarme. No voy más que á un recado y vuelvo en seguida.

Si al cabo de unos cuantos días encontraba el mismo dinero en su chaleco, le decía con tristeza:

—No gastas nada, Miguel, ¿En el café, no tomas ninguna cosa? ¿Por qué no vas alguna noche al teatro?

—Porque ahora estoy muy ocupado. Ya iré en cuanto pasen las oposiciones. Además, hay que ahorrar un poquito.

—¡Cuánto me duele que no gastes como antes!—exclamaba abrazándole.—Por mí te impones esos sacrificios. Si fueses sólo vivirías mucho mejor.

—Vamos, no digas absurdos, Maximina. Sin ti no viviría mal ni bien... me moriría—contestábale riendo.