El impresor le miró con tristeza.

—¿Tan mal se encuentra usted, D. Miguel?

—En la última miseria.

Meditó unos instantes el dueño de la imprenta, y le dijo:

—Antes que usted se pusiera en condiciones de componer con alguna velocidad, se pasaría mucho tiempo... Además, no está bien que un caballero se ensucie las manos con la tinta. Lo único que usted puede hacer aquí es ayudar al corrector. ¿Tiene usted inconveniente?

—Estoy dispuesto á hacer cuanto usted me mande.

Pasó aquel día, en efecto, leyendo pruebas. Á la noche, el dueño le dijo que le señalaba de sueldo tres pesetas diarias hasta que despidiese al corrector, que era un gran borracho. Al tiempo de despedirse le metió en la mano un billete de diez duros como anticipo.

—Gracias, D. Manuel—le dijo conmovido.—En usted, que es un hijo del trabajo, he hallado más generosidad que en todos los caballeros que he visitado hasta ahora.

Durante algunos días trabajó cuanto pudo, cumpliendo á conciencia su tarea. Esta era pesada y molesta en grado sumo. Le tenía ocupado desde por la mañana temprano hasta la noche. Por otra parte, el sueldo reducidísimo no le bastaba ni aun para comer patatas; y aunque el impresor tenía deseos de echar al corrector y nombrarle en su lugar, Miguel se oponía por ser éste un padre de familia y no tener otro recurso para vivir.