XXIX
N esta apurada y tristísima situación se encontraba cuando cierta tarde, acabando de subir de la imprenta, llamaron á la puerta. Juana le anunció que un caballero anciano deseaba hablarle. Mandó que le dejase pasar, y al instante penetró en su despacho el boticario Hojeda.
—¡D. Facundo!—exclamó con sincera alegría.
—Yo soy, Miguelito, yo soy. Vengo furioso. ¿No me lo conoces en la cara? Tengo que reñir muchísimo contigo. ¿A quién se le ocurre más que á ti, descastado, andar por esos mundos de Dios solicitando una colocación y no haberte acordado de un amigo tan antiguo como yo? Bien se conoce que soy un pobre viejo que no sirve para nada.
—No es eso, D. Facundo, no es eso... Es que como nuestras profesiones son tan distintas... Además, temía que lo llegase á saber mamá...
No hallaba disculpa. La verdad es que se había olvidado de aquel santo varón.