—Nada, hombre, nada, que eres un ingrato. Te olvidas de los que te quieren, y vas á pedir favores á hombres que no han conocido á tu padre siquiera.
—Tiene usted razón.
—Vaya, ya te he reñido bastante. Vamos ahora á lo que nos interesa. Te vengo á ofrecer una colocación en el Banco de Andalucía. Hace más de un mes que la vengo solicitando. Por fin hoy la han puesto á mi disposición. Son sesenta duros al mes. ¿Te conviene?
Miguel por toda contestación le apretó con fuerza la mano. Después de un momento exclamó, con los ojos arrasados de lágrimas:
—¡Si supiera usted, D. Facundo, á qué tiempo llega!
—No tienes recursos, ¿verdad?
—Ni una peseta.
—¿No has hallado ningún empleo?
—Sí, uno de ayudante de corrector de pruebas en la imprenta de ahí abajo.
—¿Cuánto ganas?