—Tres pesetas al día.
—¡Jesús! ¡Jesús!—exclamó el boticario llevándose las manos á la cabeza y quedando pensativo.
Tuvo la delicadeza de no preguntarle nada acerca de su ruina. Sin embargo, Miguel se espontaneó á contarle todos los pormenores. Cuando estuvo bien enterado, le dijo:
—Mira, Miguel, voy á suplicarte un favor.
—Usted dirá.
—Que aceptes estas mil quinientas pesetas—dijo poniendo los billetes sobre la mesa.—Soy soltero: el dinero que tengo me sobra.
—D. Facundo, no puedo...
—Te lo exijo en nombre de la amistad que me unía á tu padre.
No hubo más remedio que tomarlas.
—Tienes que darme palabra, además, de que si no te bastasen los sesenta duros para vivir y te encuentras en algún apuro, acudirás á mí primero que á nadie... No me marcho sin esa palabra.