Así se lo prometió el hijo del brigadier. Llamó después á Maximina y estuvieron largo rato charlando los tres de cosas indiferentes. D. Facundo quiso volverse loco con el niño. Al tiempo de despedirse, Miguel le retuvo por la mano, y muy conmovido le dijo:

—D. Facundo, renuncio á decirle á usted lo que en este momento pasa por mi corazón. Le repito únicamente lo que en otro tiempo le dije: ¡Es usted una gran persona!

—Miguelito, si vuelves á decirme esas tonterías, no vengo más á tu casa.

—Entonces, ¿cómo quiere usted que llamemos á los que sólo se presentan donde hay una desgracia que aliviar?

Con aquella oportuna visita terminó, á Dios gracias, la congoja de nuestros esposos. Los sesenta duros, bien manejados, bastaron para que viviesen satisfechos. Sin embargo, Miguel no quiso perder la conyuntura de la plaza del Consejo de Estado, y cuando se efectuaron las oposiciones, llevó una dotada con cuatro mil pesetas. Renunció en seguida al empleo del Banco que le daba demasiado trabajo. Con este sueldo y tres ó cuatro mil reales más que sacaba escribiendo, de vez en cuando, artículos en periódicos y revistas, se consideró enteramente dichoso.

Y lo era en efecto. La pobreza fortificó todavía más el lazo de su matrimonio. Los crueles desengaños que la sociedad le había hecho experimentar, le hicieron ver en su hogar el único sitio donde residía la verdadera dicha, un rincón del cielo donde Maximina hacía el papel de ángel. El amor que la tenía no creció, porque esto era imposible; pero sí su admiración. El alma sublime de esta niña no se le había mostrado tan admirable, tan digna de ser adorada de rodillas, como en los críticos y angustiosos días que acababan de pasar. Tan grande llegó á ser el amor y la admiración en nuestro héroe, que cuando hallaba en su despacho algún objeto olvidado de Maximina, lo besaba con ternura y respeto como si fuese una reliquia.

En las horas que le dejaba libre la oficina, entregóse con pasión al estudio. Salía poco de casa. Cuando lo hacía, generalmente era para leer en el Ateneo los libros que no podía comprar.

—¡Mucho lee usted, amigo Rivera!—le decía algún socio, poniéndole la mano en el hombro.

—Es que no tengo dinero—contestaba riendo.

Cuando volvía de allá á las diez y media ó las once de la noche, su esposa acababa de meterse en la cama. Era aquél el momento más feliz para Maximina. Desde el nacimiento del niño dormían separados: ella en un cuarto de dos camas, con Juana; él, solo, en otra alcoba. Al volver de noche se complacía Miguel en llevarle á la cama algún manjar, bien que lo trajese de la calle, bien de lo que había en casa, pues, á causa de hallarse lactando y tener el niño ya quince meses, sentía á esas horas mucha debilidad. ¡Qué placer tan grande para la pobre niña ver llegar puntualmente á su marido presentándole una raja de jamón ó alguna golosina de dulce! Si se extralimitaba trayéndole alguna cosa cara, le decía: