—Esto tiene que durar tres días.
Y quieras ó no, había que dividirlo en tres partes.
Miguel la veía comer con cierto arrobamiento sensual. Servíale el vino, partíale el pan y después retiraba todos los enseres. Y en voz baja, para no despertar al niño, que dormía en su cuna, charlaban á veces una hora y más. Juana, mientras tanto, dormía, vestida, sobre la cama, allá en un cuarto cerca de la cocina. Miguel, al retirarse al suyo, la despertaba (empresa no muy fácil), y ella, tambaleándose de sueño, venía á continuarlo cerca de su señorita.
El joven de los quince meses les proporcionaba, sin saberlo, más recreo que todos los tenores de ópera y zarzuela juntos. Ya caminaba (si es que puede aceptarse como tal el ir haciendo eses como un borracho) desde los brazos del papá á los de la mamá y viceversa. La tiranía que en la casa ejercía era verdaderamente escandalosa. Sobre todo, con Maximina se portaba de un modo bastante grosero, sin que esto sea tratar de ofenderle. Porque constándole muy bien que ella era la que con su propia sangre le suministraba el sustento, no sólo no le guardaba las altas consideraciones á que era acreedora, sino que la posponía, evidentemente, á Juana. Y esto no motivado en otra cosa sino en que la moza guipuzcoana le hacía reir más con sus carocas y bailoteos. La pobre Maximina no acababa de creer en esta cruel preferencia. Un día, después de almorzar, jugando los tres con el niño en el pasillo, Juana quiso demostrárselo.
—Anda, vé con tu mamá—le dijo al chiquillo.
Pero éste se agarraba con fuerza á ella.
—Está visto que á ti sólo te quiere cuando tiene hambre—le dijo Miguel para embromarla.
Maximina se puso triste y enfadada y trató de arrancar á Juana el niño; pero éste se defendía chillando.
—Vaya, ¿á que viene para mí?—dijo Miguel.