En cuanto el papá abrió los brazos, el caprichoso infante se echó en ellos.

—¿Lo ves?—exclamó levantándole triunfante.

Entonces Maximina, dolorida y avergonzada, tanto más cuanto que su marido y Juana se reían á carcajadas de su derrota, quiso arrancárselo á viva fuerza. Miguel huía. Ella, cada vez más nerviosa y afligida, pugnando por no llorar, corría detrás de él. Por fin, no pudiendo alcanzarle, se retiró al despacho. Allí la encontró poco después Miguel, en pie, arrimada á la chimenea, tapándose los ojos con una mano en actitud de llorar. Avanzó suavemente, puso el niño en el suelo y le dijo:

—Anda, pide perdón á tu mamá y díle lo que me acabas de decir en secreto: que la quieres más que á nadie.

Al mismo tiempo acercó la boca del infante á la mano que tenía pendiente su esposa.

Al sentir el contacto de los labios frescos y húmedos de su hijo, la niña volvió la cabeza para mirarle. Al través de las lágrimas brilló en sus ojos una sonrisa de amor y perdón que es lástima que aquel ingrato arrapiezo no hubiese podido apreciar.

Una noche, después de comer, Miguel se emperezó como muchas veces y no quiso salir. Fueron al despacho y Maximina se puso á leerle el periódico. Después, sentada la esposa sobre las rodillas del esposo, comenzaron á departir, según costumbre, contándose las menudencias del día.

—¿Sabes que he tenido esta tarde una visita?—le dijo ella.

—¿Quién ha estado?

—Un joven—dijo la niña sonriendo maliciosamente.