Miguel no pudo reprimir un leve fruncimiento de cejas. Era muy celoso, como todo el que ama realmente, por más que procuraba ocultarlo cuidadosamente.
—¿Quién era el joven?
El tono un poquito áspero de la pregunta no se le escapó á Maximina.
—El cura de Chamberí.
—¿El viejecito que dice la misa de nueve?
—El mismo... Conque no te gustaba que fuese un joven, ¿eh, pícaro?—añadió abrazándole cariñosamente.
—¿Y á qué vino el cura?—preguntó Miguel rehuyendo, á su vez, la pregunta de su esposa.
—A empadronarnos... Me he reído un poco. Le abrí yo la puerta y me dice:—«Hola, niña, anda vé á decir á tu mamá que está aquí el párroco de Chamberí.»—«No tengo mamá»—le respondí.—«Entonces á la señora de la casa.»—«Soy yo»—le dije muerta de vergüenza.—Comenzó á hacerse cruces diciendo:—«¡Ave María, Ave María, qué jovencita!...»—Todavía se admiró más al saber que hace ya dos años y tres meses que estamos casados.
—Es claro, con esa carita redonda de niño llorón das un chasco á cualquiera.
—Eso debe de ser, porque no soy una niña ya; el mes que entra cumplo diez y ocho años.