Antes de irse á la cama abrieron el balcón para disfrutar un poco del espectáculo del cielo estrellado, apagando la luz previamente.

Era una noche tibia y serena de las postrimerías de Abril. Como se hallaban en un piso tercero, y aquel barrio estaba aún poco urbanizado, descubrían más de la mitad de la bóveda estrellada. En pie los dos, apoyada Maximina en el hombro de su esposo, contemplaron largo rato en silencio aquel espectáculo que eternamente será el más sublime de todos.

—¡Qué grande y qué hermosa es aquella estrella, Miguel! ¡Qué luz tan pura y tan blanca despide!—dijo Maximina apuntando al cielo.

—Es Vega. Pertenece á la constelación de la Lira y es la mas bella de nuestro hemisferio. Por lo demás, no es más grande y más hermosa que las demás, sino porque está á menor distancia: es una de las tres más próximas á nosotros.

—Aunque la hermana San Onofre nos lo estaba repitiendo siempre, yo no puedo figurarme que la tierra sea una estrella como esas, y más pequeña todavía.

—¡Y tan pequeña, Maximina! Cada una de las estrellas que ves, es millares y aun millones de veces más grande que la tierra. Nuestro sistema planetario, en el cual somos de lo más pobre é insignificante, forma parte de esa gran nebulosa que cruza el cielo como una faja blanca. Cada partícula de ese polvo es un sol como el nuestro en torno del cual giran otras tierras que, como la nuestra, no tienen luz propia. Para que te figures su tamaño, te diré que esta nebulosa está aislada en los cielos como una isla y tiene la figura de una lente; pues bien, para llegar un rayo de luz desde un extremo del eje mayor de esa lente al otro tarda diez y siete mil años. ¡Y la luz recorre setenta mil leguas por segundo!

—¡Madre mía, qué espanto!

—Pues esto no es nada. Nuestra nebulosa es una de tantas como pueblan el espacio. Hay otras muchísimo mayores. Con el telescopio constantemente se están descubriendo nuevas. Se inventa un telescopio de mayor fuerza que los anteriores, y entonces las nebulosidades se reducen á estrellas; pero más allá se encuentran nebulosidades que antes no se veían. Viene un telescopio de mayor potencia aún, y aquellas nebulosidades á su vez se reducen á estrellas; pero más allá aparecen nuevas nebulosidades... y así sucesivamente.

—¿De modo que el cielo no tiene fin?

—Es de presumir.