Maximina quedó unos instantes pensativa.

—¿Y en esos mundos habrá habitantes, Miguel?

—No existe razón alguna para que no los haya. Las observaciones que podemos hacer en nuestro sistema planetario acusan en los demás astros condiciones de vida muy semejantes á las nuestras... ¿Ves esa estrella grande y hermosa también como Vega? Es Júpiter, un hermano nuestro; pero un hermano mayor... mil cuatrocientas veces mayor que nosotros. Es un hermano privilegiado, el mayorazgo, como si dijéramos, del sistema. El día dura allí cinco horas y la noche otras cinco; mas como tiene cuatro satélites que le iluminan constantemente, y largos crepúsculos, puede decirse que las noches no existen. Las estaciones casi tampoco. Reina en toda su superficie una primavera eterna. Para nosotros es el símbolo ó ideal de una existencia feliz. ¿Por qué no han de existir habitantes en este mundo afortunado?

Volvió á quedar pensativa la niña, y dijo al cabo de un momento:

—¿Cómo se sostendrán esos mundos en el espacio y caminarán eternamente sin chocar?

—Se sostienen y viven por el amor... Sí, por el amor—repitió viendo la curiosidad pintada en los ojos de su esposa.—El amor es la ley que rige todo el universo. La ley sublime que une tu corazón al mío, es la misma que une á todos los seres de la creación, manteniéndolos, sin embargo, distintos. Unos somos en Dios, en el Creador de todas las cosas, pero gozando al mismo tiempo del hermoso privilegio de la individualidad... Sin embargo, este gran privilegio es al mismo tiempo nuestra gran imperfección, Maximina. Por él, estamos separados de Dios. Vivir eternamente unidos á El, dormir en su seno como el niño en el regazo de su madre, esa es la aspiración constante de la humanidad. El hombre que siente más viva y más imperiosamente esa necesidad, es el más bueno y el más justo. ¿Qué significa la abnegación ó el sacrificio? ¿Es por ventura otra cosa que la expresión de esa voz secreta que reside en nuestra alma, y que nos dice que amarse á sí mismo es amar lo finito, lo imperfecto, lo efímero, y amar á los demás es unirse con anticipación á lo Eterno? ¡Ay del hombre que no acude al llamamiento de esta voz! ¡Ay del que cierra los oídos á los suspiros de su alma y corre desalado en pos de los fenómenos fugitivos! Ese hombre será siempre un esclavo miserable del tiempo y la necesidad.

Miguel se iba exaltando á medida que hablaba. Maximina escuchábale con los ojos extáticos. No comprendía enteramente sus palabras, pero veía bien claro que todo lo que salía de los labios de su esposo era noble y elevado y religioso, y esto le bastaba para estar de acuerdo con él.

Habló todavía largo rato. Al fin, calló de pronto. Ambos quedaron silenciosos contemplando la inmensidad de los cielos. Una misma emoción grave y pura se había apoderado de ellos. Arrobados en la contemplación, escuchaban los acordes misteriosos de su alma, que, sin el intermedio de la palabra, por una especie de potencia magnética, se trasmitían de un corazón á otro. Al cabo de un rato, Maximina dijo en voz baja:

—Miguel, ¿quieres que recemos un Padre Nuestro?

—Sí—respondió él estrechándola suavemente una mano.