La niña dijo el Padre Nuestro con verdadera unción. Su esposo le contestó con igual fervor.
Jamás en su vida, ni antes ni después, nuestro héroe se encontró más cerca de Dios que en aquel momento.
La noche iba avanzando. El reloj del despacho vibró con doce campanadas. Cerraron el balcón y encendieron las luces para irse á acostar.
XXX
ESPIDIÉRONSE á la puerta del cuarto de Maximina. Esta nunca veía marcharse á su esposo sin tristeza. Aunque se resignaba á la cruel separación, porque el niño solía llorar y á Miguel le dolía la cabeza cuando pasaba mala noche, no era sin hondo y secreto pesar. Embargado todavía por la emoción, el joven se detuvo un momento con la luz en la mano, y viendo la tristeza que se pintaba en los ojos de su esposa, se le ocurrió de pronto una idea.