Y se entró en el cuarto de su esposa diciendo:

-Maximina, traigo el apetito muy despierto de la calle. No puedo aguardar la hora de comer. Anda, vé al comedor y dí que me traigan algo.

—¿Qué quieres?

—Cualquier cosa... Lo que tú hayas merendado.

La niña se quedó suspensa.

—Es que... es que yo todavía no he merendado.

—¿Cómo no?—exclamó Miguel en el colmo de la sorpresa.—¡Pues si ya son cerca de las seis!... ¿No te lo han traído?... Á ver, Juana, Juana (á grandes voces), llame usted á la señorita Julia.

—¿Qué vas á hacer? ¡por Dios! ¿qué vas á hacer?—exclamó la chica llena de terror.

—Nada, enterarme de por qué no te han servido el dulce, ó los pasteles, ó lo que tomes...

—¡Pero si no lo he pedido!