—No importa; tienen obligación de servirte á la misma hora lo que acostumbres á tomar.

—¿Qué querías, Miguel?—preguntó Julia entrando.

—Quería preguntarte por qué no han servido la merienda á Maximina, siendo ya cerca de la seis.

Julia quedó á su vez confusa.

—Es que... es que Maximina no merienda.

—¿Cómo que no merienda?—exclamó estupefacto.

—Se lo he preguntado el primer día y me dijo que no tenía costumbre.

Miguel volvió los ojos á Maximina, que bajó los suyos ruborizada como si hubiese cometido un delito.

—Pues yo te digo que sí—profirió en alta voz volviéndose á Julia con semblante severo.—Yo te digo que tiene esa costumbre, y has hecho muy mal, conociendo su carácter, en no insistir, ó al menos en no preguntármelo á mí.

—¡Por Dios, Miguel!—murmuró la esposa con acento de angustia.