Julia se puso fuertemente colorada, y girando sobre los talones, se salió de la estancia. Maximina estaba petrificada. Su marido dió algunos pasos con semblante hosco, y salió también yendo derecho al comedor, donde halló á su hermana muy triste, sacando platos. Tomándole la barba entre los dedos y soltando una carcajada, le dijo:
—Ya sabía que Maximina no merendaba. No hagas caso de lo que te he dicho. He querido ponerla en este apuro á ver si la curo de su timidez.
—Pues mira, chico, te ha salido el tiro por la culata, porque á quien has puesto es á mí—respondió la joven, enojada realmente.—¡Ya se han concluído para mí los mimos!
—¡Hola! ¿Celos tenemos?
—¡Eso quisieras tú, fatuo!
—Vamos, confiesa que sí—dijo sujetándola por los brazos y dándola un mordisco en el cuello.—Confiesa que ya han parecido...
—¡Quita, tonto, retonto!—contestó, forcejando por desasirse.—¡Que te estés quieto, Miguel! ¡Déjame, Miguel!
Y dando una fuerte sacudida, se zafó de sus manos y escapó airada de la habitación, mientras su hermano quedaba riendo.
En los días siguientes pudo éste convencerse de que Maximina había caído en gracia á todos en la casa. Ni era posible que otra cosa sucediese dada su condición apacible, callada y modesta. Sin embargo, nuestro joven observó con cierto disgusto que de esta condición se abusaba en algún modo, pues no se la consultaba para nada, y se ordenaba el plan del día, las salidas al paseo, á los teatros, á las tiendas y á las visitas, sin preguntarle siquiera si deseaba quedarse en casa. Esto contribuyó mucho á que apresurase su traslación, decidiéndose por un cuarto principal de la vecindad, muy amplio y hermoso, aunque un poco caro para su fortuna; pero contaba compensar el exceso privándose de otras cosas superfluas.
Era para nuestro héroe gratísimo solaz el salir con su esposa á comprar los muebles que les hacían falta. Desgraciadamente, la brigadiera y Julia les acompañaban la mayoría de las veces, y entonces ya se sabía que ante aquélla todos perdían el derecho de elección y hasta el de emitir dictamen. Molestaba esto no poco á Miguel, y por eso siempre que podía evitaba el que su madrastra les acompañase; pero, con sorpresa suya, Maximina no se mostraba ni más contenta ni más dispuesta á dar su opinión. Parecía que todo le era indiferente, y que aquel lujo que jamás había visto la impresionaba de mal modo. De vez en cuando apuntaba tímidamente que tal armario ó tal sofá eran bonitos, «pero caros». Miguel se había impacientado en dos ó tres ocasiones viendo su indiferencia, pero se había arrepentido luego al notar el gran efecto que cualquier contestación seca causaba en su esposa, y había concluído por embromarla por sus tendencias á la economía. Lo que más le placía á Maximina en aquellas salidas era ir sola con su marido por las calles, y eso que no había consentido en apoyarse en su brazo de día, á pesar de los ruegos que le había dirigido.