—Me da mucha vergüenza; todo el mundo mira para nosotros...

—Es que les sorprende que me haya enamorado de una mocosuela tan fea...

Maximina levantaba hacia él sus grandes ojos tímidos y sonrientes, para expresarle su agradecimiento.

—Yo también me sorprendo... Ahora que veo tantas mujeres hermosas por todas partes, no sé cómo has podido fijarte en mí.

—Porque siempre he tenido muy mal gusto.

—Eso será.

Miguel conmovido le apretaba con disimulo la mano.

Por la noche ya era otra cosa. Entonces consentía en que fuesen de bracero, y no podía ocultar el inmenso placer que esto le causaba. Sólo al pararse delante de algún escaparate y quedar bañados en luz, buscaba pretexto para soltarse. Una noche al salir de casa, fuese por distracción ó por broma, Miguel no la ofreció el brazo. Al cabo de un rato, Maximina, como si adoptase una resolución enérgica después de grandes cavilaciones, se apoyó sobre él bruscamente. Miguel la miró sonriente.

—¡Hola, qué bien has aprendido á tomar lo que te pertenece!

La niña bajó la cabeza ruborizada, pero no se soltó.