La brigadiera encontraba muy de su gusto á la esposa del hijastro, por más que le doliese que hubiera descendido hasta ella. Así lo expresaba á sus amigas y á Julia. Á Miguel no le decía nada, mas no por eso dejaba de estar enterado de tan favorable opinión. Sin embargo, no acababa de tranquilizarse, porque observaba que su madrastra iba ejerciendo sobre la joven esposa el mismo poder omnímodo y tiránico que sobre Julia, y aun mayor si cabe, por la condición más tímida y apacible de aquélla. Ni podía ocultársele que la simpatía en caracteres como el de la brigadiera está siempre en razón directa del grado de sometimiento á que llegan las personas que con ellas se relacionan. Al salir Julia una tarde del cuarto de los esposos, exclamó Maximina en un momento de expansión:
—¡Cómo me gusta tu hermana!
Miguel le clavó una mirada penetrante.
—¿Y mamá?
—...También—respondió la niña.
No le hizo más preguntas; pero aquel mismo día el hijo del brigadier avisó al administrador que no podía tomar el cuarto principal de aquella casa, y eligió otro en la plaza de Santa Ana. El pretexto que dió á su familia para este cambio fué que no podía vivir tan apartado de la redacción del periódico, ahora que iba á emprender una campaña más asidua. Y no le pesó, en verdad; antes á los pocos días tuvo ocasión de confirmarse en su acuerdo y darse por él la enhorabuena. Sucedió que un día, viniendo de dirigir los trabajos de instalación en su nuevo cuarto, encontró á Maximina con los ojos un poco enrojecidos como de haber llorado. El corazón le dijo que había pasado algo, y le preguntó con ansiedad:
—¿Qué tienes? Has llorado.
—No—contestó la niña sonriendo,—es que me he lavado hace un momento.
—Sí, te has lavado, pero por haber llorado antes. Díme, díme pronto qué ha sido.
—Nada.