—Bien—replicó el joven con firmeza,—yo lo sabré.
En efecto, Juana, aunque de un modo confuso, le enteró de lo ocurrido.
—Mire usted, señorito, al parecer, la señora le dijo hace ya días á la señorita que no le gustaba que estuviese hasta tan tarde sin arreglarse, porque podían venir visitas. Todos estos días la señorita se ha aviado temprano; pero hoy no sé cómo se descuidó y la señora la ha reprendido.
—¿Qué le ha dicho?
—Yo no sé. La señorita no ha querido decírmelo... pero ha llorado bastante.
Miguel entró en su cuarto rojo de ira.
—Maximina, avíate y arregla los baúles... Nos vamos ahora mismo de esta casa... Yo no consiento que nadie te haga llorar.
La joven quedó mirando á su esposo con más expresión de susto que de reconocimiento.
—¡Si nadie me ha hecho llorar!... He llorado sin saber por qué... Me sucede muchas veces... Puedes preguntárselo á mi tía...
—Nada, nada, ahora mismo nos vamos...