—¿Qué es eso, Maximina?—dijo volviéndose bruscamente.
La niña, por toda contestación, se abrazó á él, y comenzó á llorar perdidamente.
—¿Pero qué tienes?... Díme pronto, ¿qué tienes?
Sofocada por los sollozos, comenzó á decir:
—¡Oh, acabo de soñar unas cosas tan malas!... Soñé que me arrojabas de casa.
—¡Pobrecilla!—exclamó Miguel cubriéndola de caricias.—Te has impresionado con lo que te he dicho esta noche... ¡Soy un estúpido!
—No sé lo que... habrá sido... ¡Qué angustia, Virgen mía!... Creí morir... Si no despierto me muero... Pero tú no eres estúpido, no... ¡Soy yo!
—Bien, seremos los dos... pero tranquilízate—dijo besándola.
Al poco rato, ambos se quedaron otra vez dormidos.