IV
N la redacción reinaba silencio inusitado. No se oía más que el crujir de las plumas de acero sobre el papel. Los redactores escribían en torno de una gran mesa forrada de hule, exceptuando dos ó tres colocados frente á unas mesillas de pino en los rincones de la sala. De pronto, uno de barba poblada y gris levantó la cabeza preguntando:
—Diga usted, Sr. de Rivera, ¿no estaba señalado para el día 18 el movimiento?
Miguel, que escribía en una de las mesitas privilegiadas, respondió sin levantar la cabeza:
—No me cansaré, Sr. Marroquín, de recomendar á usted la discreción. Observe usted que nuestras cabezas peligran todas, desde las más humildes como la del Sr. Merelo y García, hasta las más severas y magníficas como la de nuestro dignísimo director.
Los redactores sonrieron. Uno de ellos preguntó: